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martes, 29 de julio de 2014

La avaricia y la codicia

La avaricia (uno de los tradicionales siete pecados capitales), es el afán o deseo desordenado y excesivo de poseer riquezas para simplemente atesorarlas (es decir, para no disfrutar de ellas). 

Hay que distinguir la avaricia de la codicia (o ansia), que es el afán excesivo de riquezas, poder o privilegios simplemente para disfrutar de ellos, es decir, sin necesidad de querer atesorarlos.


Francisco de Quevedo, escritor español del Siglo de Oro, hace un famoso retrato humorístico de la avaricia en el personaje del dómine Cabra:

“Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán), los ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aún no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada por la necesidad; los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy despacioso; si se descomponía algo, le sonaban los güesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábanle los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra, y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta, lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues su aposento, aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.”

La avaricia es un comportamiento bastante frecuente, más complejo de lo que parece a simple vista, relacionado con nuestro pasado remoto, y que tiene que ver con una serie de sesgos o defectos cognitivos bastante habituales entre la población general.

Entre ellos, destacaremos:
  • El sesgo por efecto dotación: El profesor Richard Thaler observó un comportamiento curioso: cuando poseemos un bien sólo estamos dispuestos a desprendernos de él por un precio muy superior al que pagaríamos por el mismo bien si no dispusiésemos de él. Más allá de las alegaciones que pueda hacer el vendedor para pedir ese sobreprecio adicional (valor sentimental, buen estado, cuidado personal…etc.) lo cierto es que el precio debería ser algo objetivo, convenido por las dos partes, y simétrico. Pero no lo es. Se llama a este sesgo cognitivo “efecto de dotación”, la sobrevaloración que se hace del hecho de disponer ya de un bien, y es una de las explicaciones que podemos dar a ciertos tipos de avaricia.
  • El sesgo por aversión a la pérdida, es la trampa mental por la cual sobrevaloramos las pérdidas y minusvaloramos las ganancias potenciales. Así, perder la oportunidad de ganar una cantidad se percibe de forma mucho menos dolorosa que la pérdida real de dicha cantidad. Se llama aversión a la pérdida a esta fuerte tendencia de la gente a preferir no perder antes que ganar.
  • El error de escasez, por el cual percibimos como mucho más valioso un bien por el simple hecho de ser o parecer escaso. Experimentos realizados con voluntarios muestran que la misma galleta se valora mejor si se presenta en un plato con unas pocas unidades, dando impresión de exclusividad y escasez. Esto explica también el efecto observado por Veblen, por el cual se está dispuesto a pagar precios más altos por ciertos bienes que llevan asociada la connotación de escasez y exclusividad. Muchas estrategias de marketing se basan en la ilusión de escasez (“sólo las 100 primeras llamadas”, “sólo hasta agotar existencias”, “sólo hasta el 1 de Enero”…etc.).
  • Y el sesgo del riesgo cero, por el cual tenemos una tendencia a hacer un gran esfuerzo para reducir un riesgo pequeño hasta cero, en vez de hacer un esfuerzo equivalente o más pequeño para reducir de manera considerable un gran riesgo.

Perseverar en el error

Dice el refranero español que:

“El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”

En efecto, los seres humanos tenemos una fuerte resistencia a cambiar nuestro punto de vista o a aprender de la experiencia, sobre todo si se trata de la experiencia de los demás. Pocos escarmientan en cabeza ajena, y nos cuesta mucho abandonar nuestras explicaciones favoritas, nuestras teorías personales y nuestra zona de confort.

En toda discusión, quien discute defiende dos cosas: sus ideas y a sí mismo (su prestigio, veracidad, principios, trayectoria personal, compromisos…etc.).

En teoría económica, se habla de la falacia o error del coste hundido o irrecuperable (o también "efecto Concorde"), que es la tendencia a continuar invirtiendo en un proyecto ruinoso en el que ya se ha invertido mucho más de lo razonable, por simple apego o por temor a reconocer un fracaso.

La psicología llama apego a:

“la vinculación afectiva intensa, duradera, de carácter singular, que se desarrolla y consolida entre dos personas, por medio de su interacción recíproca, y cuyo objetivo más inmediato es la búsqueda y mantenimiento de proximidad en momentos de amenaza ya que esto proporciona seguridad, consuelo y protección.”

El apego se da entre personas, pero también podemos hablar de apego a cosas, a ideas, a experiencias, a sensaciones…incluso a tóxicos.

"Genio y figura, hasta la sepultura"

En palabras de San Agustín de Hipona :

“Errar es humano, pero perseverar en el error, es diabólico”

Efectivamente, los antiguos (con conocimientos limitados de psicología) veían algo de diabólico en esta tendencia a perseverar dentro de esquemas de pensamiento y de conducta erróneos. 

Hoy sabemos que estos apegos muchas veces tienen más que ver con el control de la ansiedad y con la debilidad del carácter, que con la maldad.




Una de las habilidades más buscadas en los gestores de alto nivel (directores, mandos y jefaturas) es la de saber provocar y gestionar el cambio. Los cambios periódicos son necesarios e inevitables dentro de las organizaciones y las sociedades humanas. Son fruto de la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones, nuevas oportunidades o amenazas. 

El inmovilismo a toda costa significa, en muchos casos, la muerte de una organización.

Los especialistas en gestión del cambio tratan de enfrentar las resistencias, que suelen atravesar por una serie de fases:

  • La Negación, fase inicial en la que asumimos que no es cierto que las cosas hayan cambiado o que vayan a cambiar y negamos la necesidad de un cambio.
  • La Cólera, fase en la que nos enojamos como una manera de lidiar con la realidad, en el momento en que ésta ya no puede seguir siendo negada.
  • La Negociación, que es la etapa en la cual se entra en un regateo (a veces, interno) durante el cual nos quejamos y tratamos de mitigar el impacto o el alcance de los cambios.
  • El Valle de la Desesperanza Transitoria (VDT) (o La Depresión Transitoria), cuando la realidad y la necesidad del cambio se han vuelto innegablen, desaparece el enojo y es sustituido por una sensación de vacío, falta de voluntad y depresión.
  • Finalmente, una vez que salimos de la depresión transitoria, llegamos a aceptar el cambio, empezamos a acostumbrarnos a la nueva situación, que pasa a ser “la nueva normalidad”.

El ser humano es, en el fondo, muy adaptable. Nuestro cerebro ha evolucionado durante millones de años para aprender y modificar la conducta en caso de necesidad.
 
Por otro lado, todo cambio conlleva peligros y, como ya hemos comentado en entradas anteriores, si no se gestiona bien, puede ser una gran ocasión para todo tipo de parásitos y oportunistas.

lunes, 28 de julio de 2014

Obsesión, compulsión y rituales

La obsesión (un término que proviene del latín obsessĭo, que significa asedio) es la perturbación del ánimo que produce una idea fija que asalta la mente una y otra vez, de forma persistente y tenaz.

La obsesión reviste múltiples formas clínicas. Entre ellas, las más típicas son:
  • La obsesión amorosa (a veces llamada erotomanía), es también una manifestación clínica de este trastorno, en el que un individuo concentra su atención y desarrolla sentimientos obsesivos en una persona idealizada.
  • Obsesiones relacionadas con una distorsión de la imagen corporal y trastornos alimentarios (anorexia, bulimia, vigorexia…etc.).
Las obsesiones producen ansiedad y sentimientos negativos de incapacidad e inadecuación personal, y normalmente vienen acompañadas de compulsiones, que son conductas repetitivas (lavarse las manos, ordenar, comprobar algo) o actos mentales (rezar, contar, repetir palabras en silencio) cuyo objetivo es tratar de evitar o reducir la ansiedad o la angustia, en vez del de dar placer o gratificación. Una compulsión es, así, una conducta adictiva u obsesiva irresistible ante una determinada situación subyugante.

Cuando obsesión y compulsión vienen juntas, se habla de trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) cuyo diagnóstico se hace a raíz del reconocimiento por parte de la propia persona que las obsesiones y/o compulsiones son excesivas e irracionales.



Los trastornos de tipo TOC parecen ligados a un desequilibrio neurológico derivado del exceso o el metabolismo anormal de ciertos neurotransmisores, sobre todo la serotonina, un desequilibrio ligado también a la hiperactividad.

Los tipos más habituales de TOC son:
  • Lavadores y limpiadores, a quienes carcomen obsesiones relacionadas con la contaminación o el contagio a través de determinados objetos o situaciones.
  • Verificadores,  que inspeccionan de manera excesiva con el propósito de evitar que ocurra una determinada catástrofe.
  • Verificadores somáticos (hipocondríacos), que sufren intrusiones obsesivas persistentes en relación a su salud; temor a desarrollar una enfermedad amenazante para la vida.
  • Repetidores, individuos que se empeñan en la ejecución de acciones repetitivas.
  • Ordenadores,  que exigen que las cosas que les rodean estén dispuestas de acuerdo con determinadas pautas rígidas.
  • Acumuladores, que coleccionan objetos insignificantes, de los que no pueden desprenderse (como en el caso del síndrome de Diógenes o Síndrome de Acaparador Compulsivo).
  • Ritualizadores mentales, que se acostumbran a apelar a pensamientos o imágenes repetitivos, llamados compulsiones mentales, con el objeto de contrarrestar su ansiedad.
  • Numerales, que buscan sentido a los números que les rodean; sumándolos, restándolos, cambiándolos hasta que les da un número significativo para ellos.
  • Filosofales, apegados a un proceso metafísico del que no pueden desprenderse.
  • Atormentados y obsesivos puros, que experimentan pensamientos negativos reiterados, incontrolables y bastante perturbadores.
  • Perfeccionistas, autoexigentes y autocríticos, se preocupan excesivamente por detalles menores e irrelevantes
  • Preguntadores compulsivos, que tienen la la necesidad de estar continuamente preguntándose a sí mismos o a los demás sobre cualquier cosa por nimia, trivial o absurda que sea.
  • Supersticiosos (pensamiento mágico), curiosamente, las personas que sufren de TOC presentan altos niveles de paranoia, disturbios de percepción y pensamiento mágico, en particular «fusión de pensamiento y acción», la creencia que los pensamientos negativos o determinados actos pueden originar daños. Estas personas sienten el fuerte impulso de realizar tareas repetitivas (rituales) sin sentido aparente, para contrarrestar sus pensamientos intrusivos.
  • Dubitativos e indecisos (es decir, con intolerancia a la incertidumbre), los pacientes con TOC suelen tener dificultades con las situaciones ambiguas e inciertas, y con la toma de decisiones.